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El Lockheed SR-71 sigue siendo a día de hoy el avión más rápido construido por el hombre.
Actualizado a 19 de septiembre de 2022 · 11:31 · Lectura:
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El blackbird surgió de la necesidad de ganar a los rusos en la carrera armamentística que dominó la Guerra Fría. En una época en la que la información y el espionaje eran tan importantes como las batallas de siglos anteriores, la fuerza aérea de los Estados Unidos encargó a la empresa Lockheed diseñar una nave de reconocimiento que fuera más veloz que todo lo que se había construido hasta el momento.
La idea era conseguir un avión que pudiera fotografiar las instalaciones enemigas sin ser detectado por el radar, y que en caso de ser atacado por cazas o misiles pudiera huir a una velocidad inalcanzable. Además el nuevo prototipo debía poder volar a más altura que ninguna nave de su tiempo para elevarse por encima de la zona de amenaza en caso de producirse un encuentro con el enemigo.
Los ingenieros de la Lockheed recibieron el desafío con entusiasmo. Como un primer paso para conseguir que el avión fuera invisible al radar decidieron diseñar un casco achatado de superficies convexas, sobre el que las ondas se deslizarían sin rebotar hacia el emisor. Este innovador perfil ayudaba también en la navegación, al aumentar su estabilidad y agilidad en las increíbles velocidades a las que se movería.
El bajo perfil del Blackbird lo convertía en un fantasma para el radar enemigo.
Además la nave se pintó de negro (de ahí su mote, pues "blackbird" significa "pájaro negro en inglés) a fin de que expulsara gran parte de su calor interno, lo que contribuiría a oscurecer su señal por la noche, un tipo de camuflaje imitado por los posteriores bombarderos nucleares todavía en uso hoy. A fin de cumplir con su función de reconocimiento, el avión fue equipado con cámaras que fotografiarían la tierra a su alrededor, y cuyos carretes serían revelados al volver a la base.
Pese a ser lo último en diseño de turbinas, los motores del blackbird consumían el mismo combustible que el resto de reactores de la Fuerza Aérea, aunque con partículas de cesio incorporadas para que la expulsión de sus gases no fuera tan visible en el radar.
Tres blackbirds son montados en la planta de Lockheed, 1965.
Para ganarles la carrera a los soviéticos hacía falta superar la velocidad Mach 2.8 de sus cazas MiG 25, por lo que se diseñaron unas nuevas turbinas que alcanzaron Mach 3.2, más de un kilómetro por segundo. Esto creaba un grave problema al calentar el fuselaje a más de 260 grados centígrados, así que se decidió usar titanio en vez de aluminio para su casco y estructura interna.
Semejante calor provocaba además que las planchas del caso se expandieran 5cm a causa de la deformación térmica, pero los técnicos resolvieron el problema dejando un espacio entre ellas en vez de soldarlas, con lo que el casco solo quedaría sellado durante los vuelos supersónicos. Una desafortunada consecuencia de ello era que no se pudieron sellar los depósitos de combustible, por lo que el avión perdería fuel mientras no volara a Mach 3.
Asimismo se tuvieron que encargar unos neumáticos especiales que no estallaran o se quemaran en el aire, con un interior relleno de hidrógeno y unas llantas ignífugas con una alta concentración de aluminio. Otros científicos se encargaron de experimentar con nuevos tipos de líquido hidráulico, aceite y fuel hasta conseguir una mezcla que resistiera las altísimas temperaturas sin prenderse o evaporarse.
Equipado con suministro individual de aire, el traje de combate permitía al piloto eyectarse a 25.000 metros de la superficie y seguir respirando antes de que llegara el momento de desplegar su paracaídas.
Estas condiciones tan extremas obligaron también a rediseñar toda la cabina de control, que fue equipada con un sistema de aire acondicionado mediante el que se extraía el calor para alimentar el motor. Al mismo tiempo se tuvo que fabricar un traje presurizado y resistente a la radicación a fin de proteger al piloto, que se convirtió en prototipo de los que usaría la NASA para llegar a la luna.
Con los planos del revolucionario aeroplano ya trazados, era necesario adquirir el titanio que formaría el 92% de su casco y esqueleto interno, pero ni los Estados Unidos ni sus aliados poseían las cantidades necesarias de tan valioso metal.
De este modo la CIA tuvo que adquirirlo en la Unión Soviética, cuyos yacimientos eran los únicos del mundo que producían en abundancia un mineral de titanio lo suficientemente puro para resistir las altas temperaturas a las que se vería sometido el blackbird.
Aterrizando a 220 km/h el aparato necesitaba un paracaídas para poder detenerse.
Naturalmente los americanos no podían comprarlo directamente a los rusos, por lo que se tuvieron que crear una serie de compañías fantasma en países neutrales para poder sacarlo del bloque soviético sin levantar sospechas. Al mismo tiempo, y para dar más credibilidad a sus operaciones, la CIA acudió a empresas reales, las cuales compraban lingotes de titanio con supuestos fines médicos para luego reenviarlos a los talleres de Lockheed.
La tripulación se componía de un piloto en el asiento frontal y un navegante tras él encargado de tomar las fotografías.
Allí los ingenieros tuvieron que inventarse nuevos métodos para trabajar con un metal que hasta el momento solo se había usado en pequeñas piezas, ideando aleaciones que se podían trabajar a menos temperatura y lavando por primera vez las planchas de un avión con agua destilada para prevenir la corrosión. También descubrieron que su superficie debía ser corrugada y no lisa, pues de otro modo se partiría o doblaría al expandirse por el calor.
Con el primer prototipo listo, el blackbird despegó por primera vez el 25 de abril de 1962, y tras un par de años de mejoras el modelo definitivo voló por primera vez el 22 de diciembre de 1964 en la base de la fuerza aérea llamada área 51 en Nevada. El absoluto secretismo que había rodeado el proyecto y el auge de las novelas de ciencia ficción en la época llevaron a muchos a confundir su extraño perfil con el de una nave espacial, un mito que todavía perdura a día de hoy.
El blackbird despegaba con los depósitos medio vacíos para conseguir una atmósfera ignífuga en su interior a base de expulsar el aire mediante un repostaje a gran altura.
Este primer vuelo inaugural cumplió con todas la expectativas del ejército, pues demostró ser más rápido que cualquier avión existente y rompió todos los récords al conseguir un techo de vuelo de 25.900 metros, muy por encima del alcance de cualquier MiG o misil tierra-aire ruso. Sin embargo se demostró que la nave consumía rápidamente su combustible en apenas 90 minutos, por lo que sería necesario repostar en el aire durante cualquier vuelo prolongado.
La nueva arma permitió a los Estados Unidos fotografiar sin peligro al enemigo durante sus más de 20 años de servicio.
El Pentágono autorizó de manera inmediata su fabricación en cadena, aunque dado su alto coste de 34 millones de dólares limitó su producción a solo 32 aparatos. La primera misión de combate tuvo lugar durante el mes de mayo de 1967, tratándose de un vuelo de reconocimiento de tres horas y media sobre Vietnam que se saldó sin ningún incidente.
Las misiones de reconocimiento partían de la base aérea de Okinawa en japón. Fotografía de un blackbird partiendo de la isla hacia Vietnam, 1970.
Durante las décadas siguientes el blackbird serviría con distinción en la Guerra de Vietnam identificando instalaciones enemigas para el bombardeo y llegó a volar sobre la Unión Soviética tomando instantáneas de sus bases navales en el Océano Ártico.
A lo largo de estos años se demostró que el avión no era del todo indetectable por radar, pero su gran velocidad y capacidad de elevación lo convirtieron en invulnerable a los ataques del enemigo. Su superioridad era tal que de los 800 misiles tierra-aire que les dispararon a los blackbirds en Vietnam, ninguno dio en el blanco.
Toma de combustible en el aire durante un vuelo de 1997.
Con todo el blackbird no era un diseño perfecto. Tras cada operación debía pasar semanas en reparaciones para reemplazar las planchas del casco gastas y todas las tuercas que había perdido durante el vuelo, lo que lo convertía en un arma realmente cara de mantener en funcionamiento.
La explosión de uno de los motores durante una misión en el báltico el 29 de junio de 1987 fue todo un símbolo de que el aeroplano estaba obsoleto, y aunque el averiado avión consiguió llegar sano y salvo a casa bajo escolta sueca, en el camino fue alcanzado por un MiG 25,que no lo derribó para no provocar un incidente sobre un país neutral.
Este episodio selló el destino del blackbird, que fue retirado en 1989 para dar paso a los nuevos sistemas de reconocimiento por satélite que habían surgido durante la carrera aeroespacial, una tecnología que permitía obtener información en tiempo real y sin apenas costes de mantenimiento.
Con el paso del tiempo el que fue el avión más rápido del mundo ha pasado a convertirse en un objeto de exposición, como este ejemplar del Museo Aeroespacial Nacional de Washington.
La clase tuvo sus últimos días de gloria de 1995 a 1999, cuando fue modernizada para realizar unas últimas misiones más, pero a día de hoy ha pasado a la historia como una pieza de museo, aunque su récord de ser el avión más rápido que haya cruzado el cielo sigue imbatido.
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